Petjada de la Mare de Déu a la catedral de Toledo

MurilloDos herejes, Helvidio y Joviniano, y un judío, habían escrito un libro lleno de blasfemias contra la Virgen y, como respuesta viva y aplastante, surgida al calor del amor y veneración del Santo a la Madre de Dios, nació el tratado de “La Perpetua Virginidad de María Santísima”. En él la inspiración y el celo de San Ildefonso rebosa de natural y verdadera elocuencia, donde armoniosamente se templan la dulzura con la fortaleza: rigidez como de acero para confundir al adversario, y fervor suave e inocente para publicar los títulos de la celestial Señora, que pocas veces han sonado más bellos en ninguna lengua humana. Y aun, impulsado por este amor y devoción a la Reina del Cielo y por el deseo de que fuese honrada y venerada debidamente por el pueblo cristiano, trasladó la fiesta de la Anunciación celebrada, como ahora, en marzo, por ser tiempo de cuaresma (entonces muy rigurosa) a diciembre. Reformó, además, el oficio de aquel día, enriqueciéndolo con nuevos himnos y oraciones. Pero bien correspondió la “Gloriosa” al amor de su siervo. Todo Toledo acudió a la fiesta de la Virgen. El santo arzobispo entró en la iglesia seguido de su clero. Pero, al penetrar en el templo la comitiva, todos se quedaron atónitos y asombrados. Una luz vivísima los deslumbró de tal suerte que, dejando caer las antorchas, retrocedieron despavoridos. Quedó San Ildefonso rodeado de ángeles y resplandores. Una dulce armonía se escuchaba y un perfume suavísimo, de gloria, llenaba el ambiente. Y allí donde el santo prelado solía predicar al pueblo las glorias de María, apareció la Señora, radiante, hermosísima, sonriente. Traía en sus divinas manos un presente prodigioso: una maravillosa casulla de seda y oro, refulgente de perlas y buenas pedrerías, hecha por manos angélicas en los talleres del Cielo...
“Bien has escrito de mí, Ildefonso -dijo la celestial Señora con voz incomparable-. Acércate, queridísimo siervo de Dios; recibe de mis manos este don que traigo para ti del tesoro de mi Hijo; úsale sólo en el día de mi festividad. Y como siempre tuviste los ojos fijos en mí y el ánimo dispuesto a mi servicio, y me entregaste el voto de la virginidad, y con la dulce elocuencia de tus labios derramaste, en los corazones de los fieles, mis glorias y honores, adórnate ya en esta vida de la túnica de la gloria para alegrarte después en mi morada con los demás siervos”.
Cayó en éxtasis San Ildefonso al recibir la sagrada casulla, sonó de nuevo la dulce armonía de las legiones angélicas y se esparció por los ámbitos de la basílica un suave humo de incienso, mientras los ojos de San Ildefonso permanecían clavados en el lugar donde había estado la Virgen, como queriendo retener la visión que desaparecía...”
En la Catedral de Toledo, en el hueco de un pilar, tras una reja pequeñita, hay una piedra de mármol desgastada a fuerza de tocarla. Cuantos pasan por allí, meten la mano por la reja, tocan la piedra devotamente y se besan la punta de los dedos, repitiendo estas palabras allí escritas: “Adoremos el lugar donde descansaron sus pies”. Es que, para eterno recuerdo de la visita memorable, Dios quiso que quedaran grabadas de manera sensible las huellas de su Madre Santísima, donde puso los pies.

 

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